miércoles, 11 de febrero de 2026

REFLEXIONES DISPERSAS (Febrero)

Rompiendo huesos.

 

La obsesión por conseguir los cuerpos supuestamente perfectos no tiene límites, y a raíz de ello, se pueden cometer  grandísimas estupideces  que  ni puedes llegar a imaginártelas por que está fuera del sentido común, y todo por   conseguir alcanzar  objetivos estéticos  que imperan dentro de los cánones de la belleza. Una  de esa estupidez supina, y bastante peligrosa por cierto, tristemente está de actualidad y lleva nombre inglés: se llama "bonesmashing" y que se traduce literalmente como "romper huesos". Por desgracia viene siendo  una peligrosa tendencia viral originada en Tik Tok (¡Cuánto daño están haciendo las redes sociales, en especial a los jóvenes, por tanto contenido tóxico y pernicioso!). Lo de romper los huesos  en la zona facial,  lo hacen por que están convencidos de que la microfractura endurece sus rasgos,  y así acercarse al estándar de  los “cuerpos perfectos”. Suelen emplear, entre otros objetos contundentes, el martillo para este fin. Por tanto, con el martillo en mano “atacan con nocturnidad y alevosía “,  reiteradamente y de forma obsesiva   su mandíbula, pómulos, mentón…   a fin de modificar la estructura ósea del rostro. Ya solo con pensar en los martillazos y los huesos fracturados, me entran escalofríos.  Hasta que extremo de desbarre total  se puede llegar por un motivo estético, la verdad.  Lo lamentable de este asunto es que en Internet se está convirtiendo en viral,  por que hay  “influencers” irresponsables, que tienen millones de seguidores que promueven este tipo de acciones y animan a los jóvenes a llevar a cabo esta práctica muy peligrosa que  tienen   efectos perjudiciales e   irreversibles para  la salud. Pero ya dice el refrán “que sarna con gusto no pica”. Lo triste de todo este asunto es que hay jóvenes, rayano a la adolescencia, que no son conscientes aún del riesgo que corren con éstas prácticas y acaban destrozando su físico y su vida.

 




Desconfianza.

 

Resulta evidente que la desconfianza genera  dudas  y eso  crea una conducta negativa que  siempre  levantará sospechas  de honestidad a la hora de poner en práctica las relaciones personales.  Pienso que  todo ello normalmente surge por inseguridad y también  por las pésimas experiencias personales vividas, las cuales no queremos que se repitan. Y es ahí donde la suspicacia siempre termina por   originar un recelo que   nos lleva a  aislarnos como una forma de autoprotección. Aislarse es prácticamente apostar a favor de ese  individualismo que resulta auténtico caldo de cultivo para la desconfianza patológica.   Un  hecho  éste muy preocupante, porque cuanto más vaya in crescendo  el  individualismo, mucho más empeora  la sociedad, con lo cual,  cada vez se irá haciendo más inculta, más manipulable y falta de toda crítica. Y por descontado que también más infeliz. Por consiguiente no es de extrañar que    abunden enfermedades tan de actualidad como son la soledad o la salud mental. A mi juicio, la solución  más práctica, es liberarnos de toda duda suspicaz hacia nuestros congéneres y tratar de confiar más los unos de los otros, porque seguro que lograremos aprender de los demás, aportando cada uno de nosotros nuestros conocimientos vitales. Porque la filosofía de la vida nos advierte que nadie aprende solo. Es evidente que la confianza es un valor esencial, ya no sólo por que nos libera de todo hándicap a la hora de relacionarnos entre sí, sino por que es un factor determinante cuando se trata de hacer importante cosas de forma colectiva, en especial de carácter humanitario. Y una sociedad como la nuestra que sufre de individualismo crónico la confianza debe prevalecer  para que podamos entablar,  relaciones más íntimas y cercanas.

 

Influencers.

 

La fiebre por conquistar el mayor número de “links”  sube cada vez más su nivel de efervescencia y afecta en especial a  los conocidos en las redes sociales como influencers. Por lograr la mayor cantidad de los mismos, llegan a cometer todo tipo de imprudencias poniendo en  riesgo  su propia vida; cuando no la pierden, como ha pasado en innumerables ocasiones por el hecho de llevar al extremo cada acción que ejecutan. Como por ejemplo intentar  sacar una foto espectacular   al borde de un acantilado, escalar altísimos rascacielos, conducir de forma temeraria... Saben perfectamente que sus arriesgadas acciones en las redes sociales otorgan  éxito,  fama, y en muchas ocasiones ingentes cantidades de dinero. Aunque  no nos engañemos, el fin en sí mismo de todo este asunto,  es lograr pingues bendecíos monetarios, que si vienen acompañados de  millones de links, pues miel sobre hijuelas. A mí lo que me descoloca, y me tiene un pelín  preocupado,   es que uno de cada tres menores españoles al ser preguntado que quiere ser de mayor conteste que influencer, de cualquier contenido: moda, viajes, videojuegos, cocina…La aspiración o sueño de ser futbolista, o artista, que tanta seducción ejercía en los niños  como se ve ha quedado relegada por esa poderosa  atracción que ahora ejercen   los influencers. Muchos de ellos auténticos cantamañanas que no merecen crédito alguno, por mucho  que nos venda un mundo de placer y lujo, muchas veces ficticio. Lo que resulta palmario, es   que vivimos en un mundo muy visual y una experiencia vivida no existe si no se comparte, o se la cuenta  a otras personas. Por esta razón,  mucha gente comete cualquier extravagancia, con riesgo de perder la vida, por conseguir repercusión y un número relevante de seguidores. Pero bueno, imagino que para toda esta gente  que incurren de forma  temeraria, al final el haber  puesto en peligro sus vidas,   les merecerá  la pena, siempre que influya beneficiosamente en el ámbito de sus vidas. Lo que no admite mucha duda, es que con frecuencia se suele rendir culto a  la estulticia por alcanzar la fama a cualquier precio.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario