martes, 8 de febrero de 2022

MORIR DE INDIFERENCIA

 

Hace ya unos cuantos días  apareció en los medios de información una noticia luctuosa que me causó un cierto repelús; aunque la verdad  tampoco es que me sorprendiera mucho por conocer  sobradamente el comportamiento de esta sociedad actual tan carente de humanidad.  La noticia de la que hablo hacia referencia al fallecimiento el pasado día 27 de enero  del fotógrafo suizo René Robert, el cual había muerto por hipotermia  en una calle de París tras una caída. Este famoso artista que retrató a las grandes estrellas del flamenco contemporáneo  contaba con 84 años de edad el día de la mortal caída y había permanecido tirado en la acera nueve horas sin que nadie le prestara atención. Me resulta increíble el que una persona  pueda permanecer tantas horas tirada en la acera en una de esas bulliciosas ciudades y que nadie se detenga para socorrerle. Imagino que las personas que pasaron a su lado lo confundieron con alguno de los sin techo, estas personas   que acostumbran a morir en la soledad y el desamparo y  que resultan invisibles para los transeúntes que pasan a su lado por que no saben si duermen o agonizan.  Pero en esta ocasión no se trataba de una persona sin techo, sino de alguien con una trayectoria profesional reconocida, y que gracias a ello, sus amigos han dado a conocer en las dramáticas circunstancias en que murió. Creo que tampoco es  cuestión ahora de  demonizar a las personas por su falta de empatía,  ni tampoco dar lecciones de moral, porque antes tendríamos  que hacernos  todos la incómoda pregunta de si estaríamos seguros al cien por cien de que nos hubiéramos detenido  en el supuesto  de habernos encontrado de sopetón con  un hombre en el suelo tirado, al que aparentemente confundimos  con una persona sin techo. Porque la verdad, estas  personas  normalmente suelen   generar desconfianza  o directamente nos repelen. No se, tenemos tanta prisa; vivimos tan acelerados que lo lógico es que pasemos delante clavando la mirada en los móviles sin percatarnos del drama humano que se desenvuelve a nuestro alrededor. Y es que esta sociedad tan deshumanizada y que va a la deriva   acaba por darnos lecciones de    como convivir con la indiferencia social sin cargos de conciencia alguno y también nos enseña a  buscar  la coartada perfecta para que  podamos salir indemnes de nuestra deshumanizada condición.  




El  trágico suceso como el acaecido en una calle de París, donde se dejó morir a una persona por la indolencia de todos,  es un claro reflejo de la sociedad egoísta e infantilizada que estamos creando entre todos. Aunque también puede que tenga  como trasfondo ese fenómeno social conocido como la Aporofobia. Un neologismo acuñado por la filósofa española Adela Cortina para referirse al “rechazo, aversión y desprecio  hacia el pobre desamparado que aparentemente no puede devolvernos nada bueno a cambio”.   No tengo la menor duda de que tal como ya he comentado, los transeúntes parisinos debieron confundir a este célebre artista con un sin techo, razón por la cual mostraron su indolencia social.  Esta falta de humanidad hacia los demás me causa un terrible espanto. Lamentablemente la sociedad  se ha ido deshumanizando y por este motivo estamos perdiendo lo más valioso del ser humano como son los sentimientos bondadosos, la compasión y la solidaridad. Lo que resulta bastante preocupante es que da lo mismo que sea una persona sin techo o con techo la que pueda encontrarse  tirada en la calle de una de esas concurridas urbes a lo largo del mundo  porque   me temo que la predisposición  a la hora  de  prestar  auxilio sería parecida por el simple hecho de que  algo esta desapareciendo en la cultura occidental como es la compasión. El abandono de una persona tirada en la calle es un fenómeno propio de las grandes ciudades .  Europa que  desde siempre ha luchado por el concepto de justicia social se halla a día de hoy  inmersa en una profunda crisis moral y de identidad.

 

Tengo la impresión de que parece que nos hemos vuelto invisibles los unos para los otros y por esta razón la empatía ha cedido el paso al egoísmo. Vivimos en la distopía  del  “sálvese quien pueda”. Lo único que verdaderamente importa parece ser que es  tener el  Smarphone  de última generación y la ropa o el cazado de la mejor  marca comercial posible.   No se si es  por voluntad propia o de manera inconsciente, el caso es que progresivamente  nos vamos autodestruyendo. Por desgracia el materialismo ha podido con el humanismo. Y aquí nadie se salva de este drama, todos somos   responsables.  Nuestras sociedades se están desintegrando y el individuo se está convirtiendo en un lobo estepario. Esto ya lo dijo en su momento el celebérrimo escritor alemán Hermann Hesse. Ante casos como el ocurrido en París,  a mi juicio lo normal  de una conciencia decente sería renegar de la condición humana. Somos muchos, estamos aglomerados en grandes  urbes muchas de ellas insufribles, viviendo la mayoría de veces con personas a las que nos queremos en absoluto y cuando no las despreciamos, no obstante son muy pocos los que  se han dado cuenta que hemos cambiado las orejas por el rabo. Si perdemos la compasión significa que ya todo lo demás está perdido. En un futuro no muy lejano, si la guerra nuclear o el acelerado y temido cambio climático no han acabado con todos nosotros, la falta de los valores intrínsecos, así  como este egoísmo pernicioso que practicamos a tumba abierta y además  sin escrúpulo alguno será quien literalmente nos  fulmine. Y sino al tiempo.

viernes, 21 de enero de 2022

REFLEXIONES


lunes, 3 de enero de 2022

ANALFABETOS DIGITALES


La acepción del diccionario de la R.A. E.  define al analfabeto como una persona que no sabe leer ni escribir y que en definitiva no tiene cultura alguna y  es profano en cualquier disciplina. Obviamente es un enfoque clásico, basado en los modelos tradicionales. A día de hoy, es otro tipo de ignorancia la que está en boga, me refiero a los "analfabetos digitales". Personas que carecen del más mínimo conocimiento en el manejo de las herramientas tecnológicas. Este tipo de analfabetismo no solo se refiere al hecho de no saber utilizar un aparato electrónico, sino también el no saber comprender y aplicar la tecnología en nuestra vida para que ésta de algún modo mejore o para ser más productiva y eficientes en su uso.   Los avances tecnológicos representan un progreso social pero desgraciadamente no todos los sectores resultan beneficiados. Existe a día de hoy una notable diferencia en el impacto de las llamadas nuevas tecnologías digitales entre las generaciones más jóvenes, siempre que se compare con las personas de mayor edad.  Por esta razón ha surgido un hecho de notoria actualidad como es el concepto “brecha digital” que se puede entender como la diferencia y la  distancia  que hay entre los que tienen y no tienen acceso a las tecnologías.



Normalmente, son las personas adultas, las que están en esa   franja de los 55 a 65 años en adelante, quienes engrosan las filas de los que son denominados como  "nuevos analfabetos del siglo XXI". Lo complejo  que les resulta el manejo de cualquier soporte digital hace que su analfabetismo sea palmario. Mucho se debe a que, cuando tuvieron la suficiente capacidad cognitiva  para enfrentarse  al manejo de la tecnología  con  la posibilidad de dominarlo, no existía soporte digital alguno, como palmariamente  tampoco Internet.   De ahí la razón de  su ignorancia supina en cuanto a la tecnología. Todos estos millones de personas que por su edad no pudieron acceder al pleno dominio de las técnicas digitales  hoy en día sufren una imposición de hecho y sin recurso. Personas que son incapaces de usar el teléfono móvil o el ordenador  con soltura por su complejidad tecnológica y tienen que apelar de continuo a familiares o amigos  para el cumplimiento de ese trámite imprescindible con el banco o la Administración pública. Desde luego que a este respecto, a las personas mayores se lo ponen difícil de narices. Les condenan a “subirse” a esa nueva ola del alfabetismo, ese que te estigmatiza  por mucho que  puedas ser  un autentico  lumbreras en el campo de la Cultura, de la Ciencia, la Investigación o la sursuncorda intelectual. Como te digo, serás un analfabeto tecnológico   si no dominas con  pericia el manejo de esos botoncitos tan atractivos y tan de miniatura de todas esas pantallas táctiles tan refulgentes y resbaladizas  ellas.

Hace unos cuantos  días leí una de esas  cartas  que van   dirigidas al director y   que apareció publicada  en un suplemento dominical.  El autor de la misma   era un jubilado de 67 años que  se quejaba amargamente porque  decía sentirse inerme, desamparado e inútil frente a todas esas aplicaciones digitales de mensajería instantánea, léase: WhatsApp, Factbook, Twitter, Instagrán y símiles. Toda su ignorancia el respecto le hacía auto considerarse “Minusválido digital”.  Entiendo y comprendo perfectamente su  monumental cabreo. No es para menos. Tal como indico arriba, si en el momento propicio no se tuvo posibilidad ni oportunidad alguna de familiarizarse  con  las herramientas tecnológicas para tener un dominio cumplidor hoy en día, llegando a los 67 tacos de calendario, como la edad que tiene este señor, resulta ardua tarea ahora tratar  de adaptarse con solvencia al mundo virtual.  Y lo triste, o más bien el problema, es que a uno ya no le dejan vivir al margen de estos inventos digitales. Por imposición o por obligación vamos a tener que pasar por el aro. Y ésta es otra, porque quieras o no, nos vamos a ver en la necesidad de disponer de un teléfono inteligente  porque últimamente a la hora de  gestionar cualquier  papeleo te  imponen que se haga a través del teléfono móvil o sino de una  páginas web. Aunque visto lo visto; o más bien leído, de nada te va a servir que  dispongas de Smarphone   si estás en situación de sentirte  un “minusválido digital”, como el autor de la susodicha carta.  Y entonces lo de costumbre a pedir "socorro"  a las personas que se tenga más  a mano. No se, la paciencia dicen que tiene un límite, y la verdad es que, a cuenta de tu ignorancia tecnológica seguir  abusando  en la petición de socorro, me da a mí que no va resultar lo más  políticamente correcto. Por ende,  más pronto que tarde nos veremos en la obligación de buscarnos la vida por otros derroteros.  Realmente   desconozco   que soluciones se les podía dar a los millones de  minusválidos digitales que existen  hoy en día.  Aunque parezca mentira, todavía el 50% por ciento de la población española tiene un bajo nivel en el uso de la informática, Internet, o las plataforma digitales. A mi juicio,   una solución bastante eficaz podría se no abusar tanto del sistema digital a la hora de tramitar el papeleo correspondiente con la Banca o la Administración pública y dar mayor margen a la forma tradicional a este tipo de gestión. Me resulta descorazonador el que obliguen a moverse por un mundo virtual, que ni conocen ni les interesa conocer a millones de abuelos, y no tan abuelos. Por esta razón se hace indispensable el que les sea garantizado  los servicios elementales a través de una atención razonablemente humana.

 

viernes, 17 de diciembre de 2021

AMAR


jueves, 9 de diciembre de 2021

VACUNAS


 

Seguramente que todos hemos escuchado en alguna ocasión  que el impacto de la pandemia hará que ofrezcamos nuestra mejor cara como individuos y, también, como sociedad y que saldríamos mejor una vez que terminara la crisis sanitaria. Con total ingenuidad nos lo hemos ido creyendo firmemente. Pero de forma progresiva nos estamos llevando un gran chasco porque el egoísmo  que caracteriza a los países  que se encuentran  englobados dentro del capitalismo  de Occidente cada vez queda más contrastado.  Siguen en las mismas treces de insolidaridad demostrándolo de forma palmaria en lo que concierne  a las vacunas contra el  Covid-19. Todos esos eslóganes de contenido compasivo  que nos invitaban al optimismo y a reconciliarnos con la humanidad se han ido al traste en lo que atañe al  asunto de las vacunas. Y es que la desigualdad del reparto de las mismas creo que se gestó incluso antes de que estuvieran para su administración. Los países ricos en su desmedido  afán acaparador, incluso antes de que aparecieran las primeras vacunas aprobadas para su uso, se adelantaron y se hicieron con el mercado consiguiendo la mayor parte de las dosis. Los 27 estados miembros de la unión europea junto a otros países ricos al principio reservaron aproximadamente la mitad de las vacunas disponibles. Los meses han ido transcurriendo y  el porcentaje no solo se ha mantenido sino que ha ido aumentando. En la actualidad todos estos  países ricos han acaparado casi la totalidad de las dosis. Por lo tanto los países económicamente menos pudientes  les van a tocar esperar. Y como de costumbre la espera va a ser larga. Me temo que excesivamente prolija a cuenta del  summun  egoísta  instalado  en los  opulentos países occidentales por que la  grana mayoría de su población   ha recibido ya tres dosis de  la inoculación del suero anti covid, y por cierto ya están “trabajando” para que reciban una cuarta dosis.   Por el contrario,  hay  millones de personas  residentes   países pobres,  que  todavía siguen a la espera de recibir la primera dosis. Garantizar el acceso  universal a las vacunas es una prioridad que a día de hoy está muy lejos de ser una realidad  según revelan las pírricas cifras de los países menos desarrollados.




Por otra parte,  por mucho que los negacionistas sigan “dándonos la brasa” con  sus discursos ambiguos que nada  demuestran  con  cierta fiabilidad, y así día tras días estén  echando pestes por sus infundadas sospechas conspiratorias   contra todo lo vinculado al acto de vacunarse.   Las vacunas  han traído la solución que desde principio de la crisis sanitaria enconadamente se estaba buscando,  aunque visto los visto hasta ahora, no son la panacea deseada, más bien un parche. Aún así, es evidente que las vacunas nos ayudan a limitar los contagios.  Lo que resulta de vital transcendencia es  el asegurarnos  de no dejar vías libres a la infección. Como también es necesario, y  de justicia, el que hay que repartidlas sabiamente a fin de que se reduzcan las opciones de mutación del Covid-19.  Porque  no hay la menor duda de que los virus mutan, es lo que mejor hacen, y se puede decir que viven mutando. Da fe de ello lo que a día de hoy está ocurriendo en Sudáfrica, por el descubrimiento de una nueva variante del Coronavirus   la cual ha desatado una alerta mundial ante sus eventuales riesgos. Comentas los científicos que esta variante es más virulenta que las anteriores, con mucha más capacidad de transmisión y más resistente a las vacunas empleadas hasta le fecha. Por el continente africano  parece ser que ya se ha propagado  de forma rápida .Lo peligroso o más bien  preocupante de esta nueva variante aparecida en Sudáfrica denominada órmicron,  es  que las personas universalmente   están en continuo movimiento trasladándose de un lugar a otro,  por ende resulta muy fácil que el virus vaya saltando también de forma constante de continente en continente. 

Lo que resulta bastante evidente es que el injusto reparto de las vacunas está retrasando el fin de la pandemia. Mientras la vacunación masiva no se extienda por todo el planeta, lo que está lejos de suceder en estos momentos, ningún país estará blindado ante el  Coronavirus. Nadie estará a salvo por completo mientras haya países con su amplia parte de la población sin proteger; por mucho que se haya recibido la tercera dosis del suero anti Covid. Resulta especialmente escandaloso el caso del continente africano, donde sólo el 7% de los ciudadanos han sido vacunados. De nada va a servir el que prácticamente la totalidad de los ciudadanos que residen en los países ricos estén vacunados si continúan sin tener acceso a la vacuna la población de los países pobres. Este hecho de egoísmo palmario por parte de los países ricos lo único  que va a generar es que aparezcan nuevas variantes como la ya citada  de Sudáfrica y las vacunas inoculadas  estarán en peligro de que no sirven para nada y acabaremos entrando en un círculo vicioso y tendremos que actualizarla una y otra vez para las nuevas variantes. Que el virus siga circulando por el mundo a sus anchas  por nuestro egoísmo resulta contraproducente,   no solo deja en riesgo a las personas más pobres y vulnerables, sino que prolongará la pandemia, las restricciones necesarias para contenerla y el sufrimiento humano y económico.  Por lo cual resulta incuestionable que la inmunidad debe ser global o de lo contrario no se va a terminar nunca esta angustiosa situación de pandemia.

 


martes, 16 de noviembre de 2021

Perros veganos


lunes, 1 de noviembre de 2021

BUROCRACIA


 

Hay un refrán que dice,  y  que supongo conoceréis la mayoría, “las cosas de palacio van despacio”.  Esta sentencia popular normalmente se utiliza para criticar la lentitud de la Administración y a su vez indica la incompetencia de la burocracia en asuntos delicados o de gran relevancia. Para comprobar claramente la ineficacia y el anquilosamiento burocrático del que hablo, sólo es cuestión de llevar a cabo alguna tramitación en alguno de los varios organismos de la Administración pública y ver que el sistema no funciona de manera expeditiva de cara al beneficiario, razón por la cual literalmente acaba por desesperarte tanta incompetencia y  lentitud. Aquello de “vuelva usted mañana” del genial Larra queda sofisticado y adaptado a los nuevos tiempos. Luego también está la complejidad del lenguaje burocrático y los conceptos de la Administración  que dificultan del acceso a la hora de pedir una ayuda, como por ejemplo el ingreso mínimo vital.  Las barreras burocráticas están dificultando las concesiones de ayudas de emergencia social a los ciudadanos que sufren un alto grado de exclusión social. Al respecto, existen en España miles de hogares que no pueden acceder a la alimentación, ni al pago de las facturas de agua, luz, gas, etc. En mi opinión, en el momento de que existan graves urgencias, como es el no poder cubrir las necesidades más básicas, las exigencias burocráticas debieran quedarse en un segundo plano y actuar con urgencia a través de la aplicación de criterios profesionales basados en la empatía, la flexibilidad e inmediata resolución de los problemas.  Es la  medida más eficaz  para que garantice las necesidades básicas a fin de que nadie pueda quedar  socialmente desprotegido. Pero por desgracia tanto la Administración pública como el Gobierno  no aplican estas políticas de empatía, más bien hacen todo lo contrario: promoviendo obstáculos en vez de eliminarlos. Y luego claro está, ambos a jactarse ufanamente de Estado de Derecho y demás   milonga en la misma línea. Cuando todo esto resulta un absoluto abuso de poder.

 


Triste, muy triste, resulta el conocer que miles de familias no puedan llegar a fin de mes, y que su solicitud de ayuda social  pueda perderse en el mar de los requisitos y los formularios a completar, o en los largos y angustiosos tiempos en que las administraciones de turno tardan en aprobar o rechazar esa solicitud. Y en medio de todo este tiempo de angustiosa espera, se va acrecentando  la desesperación de quien no tiene para vivir con un mínimo de dignidad posible. Pero ante tan infame  situación, la burocracia se muestra imperturbable y sigue su curso de formulismo, papeleo, exigencia de todo tipo de requisitos, etc. que no son más que sucesivas trabas que impiden acceder  lo más rápido posible a una necesaria ayuda social. Muchas personas aunque sufren pobreza extrema, y por esta razón  carecen  de lo más indispensable para sobrevivir, desisten de solicitar algún tipo de ayuda social para no tener que verse envuelto en toda esa vergonzosa maraña burocrática que tanto dificultará su solicitud. Muchísimas son las barreras a superar. Y una vez superadas, tampoco garantiza el que sea o no aprobada la solicitud, sobre todo si se cumple a rajatabla con los requisitos exigidos.   No se, pero en ocasiones me da que pensar que tanta absurda exigencia administrativa  es como si hubiera una presunción de que los necesitados se aprovecharan del sistema. Puede que haya  algún espabilado que apoyándose en la picaresca,    se aproveche en parte del sistema. No lo pongo en duda porque los sinvergüenzas  acostumbran a multiplicarse como las setas en otoño y por desgracia surgen por todas partes. Aún así, a mi juicio la causa real por lo que se solicita todo este tipo de ayudas sociales a la Administración pública, es a cuenta  de la situación de     pobreza extrema en que se encuentran  miles de ciudadanos que habitan en este  país; hablo de España por supuesto.  Y es que la presunción  de que los pobres roban más que los ricos al respecto viene a ser un prejuicio moral que nos lleva a complicar hasta más allá del imposible para pedir ayudas y prestaciones sociales. Y luego aparte está lo de los tiempos desatinadamente cortos que te dan para que consigas adjuntar alguna información. Debieran  mostrarse más flexibles al respecto. Poner por ejemplo tiempo ilimitado a personas con pocos recursos a fin de que tengan mayores  posibilidades de incluir el documento requerido.  Preocupa mucho  una Administración pública cuyo su modo de obrar resulta  aparentemente   kafkiano, pero  lo injusto es que resulte ser más con unos ciudadanos que con otros. Porque las sospechas de posible fraude para recibir una prestación social se disparan, por el contrario esto no ocurre cuando hablamos  de paquetes de desgravaciones fiscales para grandes empresas o clases medias. Hay la Administración pública no me cabe la menor duda que muestra una flexibilidad notoria con el fin de que todo sean facilidades para este tipo de beneficiarios. Y es que cuando se vive en un sistema de capitalismo salvaje, las desigualdades son tan palmarias, tan habituales que se vayan dando por sistema, que siempre habrá prioridades cuando de por medio estén las finanzas públicas. Y sobradamente se sabe a quienes afecta de lleno toda esta situación de injusticia. A los de siempre. A los que la maldita burocracia les sigue tratando como si fueran ciudadano de segunda  clase y  que tienen que ir  sorteando  infranqueables muros burocráticos  para lograr sus objetivos.