Jóvenes.
"Juventud, divino tesoro te vas para no volver". Celebre frase que hasta la saciedad hemos escuchado, y la
cual fue escrita por el poeta
nicaragüense Rubén
Darío. Por
cierto, pertenece este enunciado a su
famoso poema "Canción de otoño en primavera". Sin duda alguna la
juventud es una etapa de la vida que tiene un valor incalculable, pero por desgracia efímera, por mucho
que a esta edad nos creamos que la vida
resulta infinita. Es obvio que el poeta al definirla como “tesoro” quiere darnos
a entender su belleza intrínseca, su
vitalidad congénita, de ahí ese
desiderátum por lograr alcanzar la juventud eterna y con el fracaso como
norma. Hasta aquí todo idílico, todo
perfecto, por el carácter único y extraordinario que física y mentalmente
manifiesta la juventud, pero en esta vida siempre existe un pero en forma de
hándicap que tristemente acostumbra a echar por tierra todo lo maravilloso del correspondiente asunto. Y
este caso, la circunstancia
desfavorable que acosa permanentemente a la juventud es su futuro al que yo en
particular le auguro bastante funesto por razones obvias, y a un presente que es
una preocupante realidad. Quedando palmariamente confirmada ambos casos en los
trabajos precarios que la mayoría desempeña,
o lo imposible que les resulta acceso a la vivienda. Lamentablemente se
trata de jóvenes sin medios ni recursos económicos que posibiliten construir un
proyecto familiar. Por este motivo, no
es de extrañar que continúen viviendo muchos de estos jóvenes en el hogar
paterno por que les resulta difícil, rayano a la imposibilidad, el independizarse por los desorbitados precios
de la vivienda. La situación social que
a día de hoy, tal como la están viviendo la mayoría de los jóvenes, con el empleo temporal o de baja
calidad y la imposibilidad de
emanciparse es un fracaso del Estado a todas luces. Por
mucho que no quieran reconocerlo los políticos de uno u otra índole, y al
respecto, nos quieran hacer comulgar con “ruedas de molino”. Y resulta muy preocupante que a los jóvenes se les condene a vivir de
esta forma marginal por que afecta de manera desfavorable el futuro en su
conjunto. Porque ellos son el canto de la esperanza, de la luz, del
porvenir; todo para que el mundo evoluciones de manera positiva. Si se les
coaccionan con trabas de todo tipo a la
hora de elegir desempeñar libremente la función que les corresponde, no hay duda que
la involución a nivel global se hará una realidad. Y ya se sabe que la
involución implica una regresión, un
atraso o la vuelta a un estado previo. Vamos que como dice el tópico “iremos
para atrás como el cangrejo”. Y obviamente nada positivo vaticina tal circunstancia. Por tanto, a quienes competa, no les pongan obstáculos y apuesten a favor
de que puedan desarrollar todo el
potencial que atesoran en beneficio de la
Humanidad,
por que ellos tienen el poder absoluto
para cambiar el
mundo y
mejorarlo. Su energía, empatía y visión
innovadora
son el motor principal para resolver los desafíos globales y construir
sociedades más justas.
Apresurados.
Tengo la sensación de que por
causa del ritmo frenético que nos impone
la vida, parece que andamos siempre a
contrarreloj. Pero eso sí, aunque solemos ir de continuo con celeridad, la mayoría de veces llegamos tarde a todos los
sitios, es como si la vida no nos diera
para todo, por el simple hecho de queremos abarcar muchas cosas a la vez y eso exige tener que realizarlas con prontitud para cumplir con los objetivos. Esta
circunstancia conlleva a que siempre
estemos agobiados por la falta de tiempo para acabar al final sintiendo una
continua frustración por ese querer y no poder. No hay duda de que somos esclavos de la inmediatez: el cortoplacismo
parece que se ha convertido en una enfermedad crónica de nuestros días. Queremos al instante obtener resultados inmediatos, sin considerar
las consecuencias que pueden surgir a
largo plazo. Con
lo cual, la falta de planificación o visión de futuro, puede acarrear consecuencias nefastas. Y es aquí donde toma
forma el real ese tópico de “pan para hoy y hambre para mañana”. Por que
obviamente nada positivo puede traernos el vivir constantemente encadenados a la
prisa. Mala compañera de vida, sin duda. Por otra parte, tendemos a vivir
con mucha angustia por estar siempre pendientes de lo que vamos a hacer para
ponerlo de inmediato en marcha, todo
ello con la finalidad de vivir apresuradamente el momento y exprimir al
máximo cada instante. Por que hay quien tiene el convencimiento de que si no se
actúa de modo apresurado se está
perdiendo el tiempo. A mi juicio, quien tenga esta idea, podría estar
equivocado, porque el concepto de pérdida de tiempo es muy relativo porque
perfectamente se puede substituir la supuesta pérdida en un hábito de aplazar tareas importantes,
sustituyéndolas por actividades más placenteras o irrelevantes. Aunque, no
estaría de más de vez en cuando perder el tiempo a conciencia, a fin de
abandonarnos a la pereza total, que a
buen seguro es una manera ideal de procesar la suficiente energía aséptica que sirva para limpiar nuestro cerebro de neuronas tóxicas, como resultan ser el estrés o la ansiedad, por
desgracia tan presentes en nuestra sociedad actual. Llegando a este punto de
angustia generada por el ritmo frenético que a día de hoy impone nuestra forma de vida, sería conveniente aproximarnos
lo más cercano posible a la calma. Dejar de programar menos, y hacer pausas y
conectar más con uno mismo y sobre todo,
no dejar que siga el presente reducido a
un instante. Hay que recuperar el culto
a la espera, disfrutar de su placer que
viene a ser equivalente a sosiego. Por
que no tengo la menor duda de que, en el filo de la navaja que muestra esa
inmediatez “de lo quiero para ayer”, no
se puede vivir siempre. Acabaremos psicológicamente hechos unos zorros, si es que no lo estamos
ya con tanto estrés crónico, que está poniendo
en un serio riesgo la salud física y mental y con ello hacer
verdaderos estragos en nuestra calidad
de vida, haciendo que disminuya considerablemente.