SEMBRANDO PALABRAS
domingo, 2 de agosto de 2026
lunes, 20 de julio de 2026
QUE LOS ÁRBOLES NO TE IMPIDAN VER EL BOSQUE (CAMPEONES DEL MUNDO)
jueves, 16 de julio de 2026
jueves, 9 de julio de 2026
REFLEXIONES DISPERSAS (Julio)
¿Duros a cuatro pesetas?
Que razón tenían nuestros mayores cuando expresaban aquél refrán que dice: “Nadie da duros a cuatro pesetas”. Ya de entrada, los refranes son pequeñas dosis de sabiduría popular a los que se hace muy difícil cuestionar su acertada moraleja. Este refrán que he escrito, obviamente está vinculado a la época en que en España circulaba la peseta como moneda oficial, hasta su desaparición en febrero del 2002. Fue sustituida por la moneda oficial de hoy en día: el euro. Por entonces el duro equivalía a cinco pesetas, de ahí el refrán advirtiéndonos que nadie te va a ofrecer algo de gran valor a un precio inferior al real. Obviamente la advertencia nos avisa que lo que se encierra detrás de tan estupenda oferta es la sospecha de un timo y como no estés prevenido de las artimañas de los embaucadores acabarás siendo víctima de su engaño porque nadie te va a regalar nada a cambio de nada. A día de hoy es muy fácil caer en todo tipo de fraudes porque parece que vivimos seducidos por tantos chollos digitales, o a través de un sin fin de aplicaciones que te ofrecen el oro y el moro en cuanto a dinero. También sofistas que pululan por Internet que te venden el éxito en cómodas y accesibles cuotas. ¿Y qué decir de los gurús políticos, esos populistas que con su falaz discurso prometen arreglar crisis estructurales y que tanto emboban a los desencantados de la vida? No se si por comodidad, por indignación, por pasotismo, el caso es que la sociedad parece haber caído en una preocupante credibilidad, dispuesta a comprar todos los chollazos de bienestar que ofertan los “vendehúmos” que sin escrúpulo alguno venden fabulosos paraísos que podremos pagar a cómodos plazos. No nos dejemos engañar por estos aviesos individuos cuyas intenciones son totalmente fraudulentas, porque detrás de cada oferta sospechosamente estupenda, cada descarga gratuita del smarfhone o cada promesa populista se halla gato encerrado. Estoy convencido que todos acabaremos descubriendo el fraude cuando nos percatemos de la letra pequeña que no habíamos leído en su momento, o de la factura encubierta, porque estábamos obnubilados por el discurso o la oferta del farsante de turno. Resulta palmario, que las cosas que de verdad importan, poder obtenerlas sigue costando los recursos económicos, el tiempo y el trabajo que su valor real tiene. No estaría demás recuperar parte de ese antiguo escepticismo de nuestros mayores para protegernos de toda esta especie de “encantadores de serpientes” que utilizan engañosas estrategias de marketing para que caigamos en su trampa y así poder cumplir su objetivo de lucrarse a base de nuestra ingenuidad porque nadie te va a ofrecer un chollo sin obtener nada a cambio. Al fin y al cabo, aunque la peseta sea historia, por muchas ruedas de molino con que nos quieran hacer comulgar los charlatanes, el duro seguirá valiendo cinco pesetas. Digo yo.
Luchar.
Por mucho que lo intente la versión oficial de los vencedores, la memoria histórica que afecta a las víctimas, jamás podrá ser borrada de la Historia. El recuerdo del horror que han vivido los vencidos, acaba transformándose en lucha que se hereda de generación en generación. Un legado que recogen los descendientes de todas las víctimas humilladas, o sometidas, por los déspotas de turno con el fin de exigir reparación y justicia, y sobre todo para salvarla del olvido. Se trata de una lucha permanente, constante, que nunca desfallece, tal como la pusieron en práctica, aún a día de hoy la siguen poniendo, las combativas Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que luchan por la verdad, la memoria y la justicia, cuando afirman que “la única lucha que se pierde es la que se abandona”. Por que esta frase lapidaria atribuida a estas luchadoras mujeres argentinas, aunque su autor sea el mítico revolucionario Ernesto “Che” Guevara, nos recuerda que la verdadera derrota solo llega cuando decidimos dejar de intentarlo, porque resulta palmario que el único vencido es el que no lucha. Un alentador enunciado que representa la resiliencia, la perseverancia y la convicción de que mantener vivo el esfuerzo es en sí mismo es una auténtica victoria. Y siempre hay que tener en cuenta que las importantes victorias no se logran de la noche a la mañana. Llevan su tiempo, su dedicación, su sacrificio, y se van construyendo a través de la constancia, la entereza ante los obstáculos que la vida o el destino nos impone como una prueba de fortaleza física y mental, y por supuesto que también en el agregado de pequeñas acciones diarias, por que aunque resulten pequeñas, son de una intrínseca grandeza por que ayudan a conseguir grandes logros. Por que ya se sabe que el éxito, o la victoria, al final es la suma de los pequeños y cotidiano esfuerzos que vamos repitiendo día a día. No hay duda de que el esfuerzo constante es quien al final nos llevará a conseguir los sueños, o los objetivos deseados. Como conclusión a esta reflexión personal, recordaros que luchar no te garantiza que vayas a ganar, pero de lo que estoy plenamente convencido es que rendirse sí que nos garantiza que vamos a ser derrotados.
jueves, 11 de junio de 2026
REFLEXIONES DISPERSAS (Junio)
Jóvenes.
Apresurados.
Tengo la sensación de que por causa del ritmo frenético que nos impone la vida, parece que andamos siempre a contrarreloj. Pero eso sí, aunque solemos ir de continuo con celeridad, la mayoría de veces llegamos tarde a todos los sitios, es como si la vida no nos diera para todo, por el simple hecho de queremos abarcar muchas cosas a la vez y eso exige tener que realizarlas con prontitud para cumplir con los objetivos. Esta circunstancia conlleva a que siempre estemos agobiados por la falta de tiempo para acabar al final sintiendo una continua frustración por ese querer y no poder. No hay duda de que somos esclavos de la inmediatez: el cortoplacismo parece que se ha convertido en una enfermedad crónica de nuestros días. Queremos al instante obtener resultados inmediatos, sin considerar las consecuencias que pueden surgir a largo plazo. Con lo cual, la falta de planificación o visión de futuro, puede acarrear consecuencias nefastas. Y es aquí donde toma forma el real ese tópico de “pan para hoy y hambre para mañana”. Por que obviamente nada positivo puede traernos el vivir constantemente encadenados a la prisa. Mala compañera de vida, sin duda. Por otra parte, tendemos a vivir con mucha angustia por estar siempre pendientes de lo que vamos a hacer para ponerlo de inmediato en marcha, todo ello con la finalidad de vivir apresuradamente el momento y exprimir al máximo cada instante. Por que hay quien tiene el convencimiento de que si no se actúa de modo apresurado se está perdiendo el tiempo. A mi juicio, quien tenga esta idea, podría estar equivocado, porque el concepto de pérdida de tiempo es muy relativo porque perfectamente se puede substituir la supuesta pérdida en un hábito de aplazar tareas importantes, sustituyéndolas por actividades más placenteras o irrelevantes. Aunque, no estaría de más de vez en cuando perder el tiempo a conciencia, a fin de abandonarnos a la pereza total, que a buen seguro es una manera ideal de procesar la suficiente energía aséptica que sirva para limpiar nuestro cerebro de neuronas tóxicas, como resultan ser el estrés o la ansiedad, por desgracia tan presentes en nuestra sociedad actual. Llegando a este punto de angustia generada por el ritmo frenético que a día de hoy impone nuestra forma de vida, sería conveniente aproximarnos lo más cercano posible a la calma. Dejar de programar menos, y hacer pausas y conectar más con uno mismo y sobre todo, no dejar que siga el presente reducido a un instante. Hay que recuperar el culto a la espera, disfrutar de su placer que viene a ser equivalente a sosiego. Por que no tengo la menor duda de que, en el filo de la navaja que muestra esa inmediatez “de lo quiero para ayer”, no se puede vivir siempre. Acabaremos psicológicamente hechos unos zorros, si es que no lo estamos ya con tanto estrés crónico, que está poniendo en un serio riesgo la salud física y mental y con ello hacer verdaderos estragos en nuestra calidad de vida, haciendo que disminuya considerablemente.
martes, 26 de mayo de 2026
domingo, 10 de mayo de 2026
REFLEXIONES DISPERSAS (Mayo)
Médicos.
Qué pronto se ha olvidado en este país la función tan importante y sacrificada que desempeñaron los profesionales de la salud durante la pandemia. Fueron vistos como héroes por entonces por salvarnos y cuidarnos abnegadamente, aún poniendo en riesgo su propia vida. De ahí el agradecimiento de forma colectiva de los ciudadanos con sus aplausos desde los balcones cada día sobre la 8 de la tarde. Pero como indico, el olvido y el ser “malagradecidos” se apoderado de la mayoría de todos nosotros, por ende, nos hemos vuelto indiferentes ante la importantísima y vital labor que desempeñan los facultativos sanitarios. Si por entonces los aplausos fueron un signo de gratitud, ahora cualquier distintivo se podría haber colgado en los balcones que indique solidaridad con sus justas reivindicaciones. Pero apatía total al respecto. Por esta razón se encuentran completamente solos en pleno conflicto profesional, reivindicando sus derechos laborales, sin contar para nada con el apoyo de quienes por entonces les vieron como héroes. Convocado las correspondientes huelgas como medida de presión Cierto que este conflicto de los profesionales de la salud, está colapsando más si cabe el sistema sanitario por que cancela las citas y agrava las listas de espera. Pero por mucho que nos traiga de cabeza esta conflictiva circunstancia, los médicos están en su derecho de exigir condiciones laborales dignas. Así como el rechazo del nuevo Estatuto Marco propuesto por Ministerio de Sanidad que no protege a su profesión y empeora sus condiciones laborales. Y principalmente, la eliminación de las guardias de 24 horas. Por que no creo yo que a nadie le parezca mal que exijan no sufrir las agotadoras jornadas laborales de 24 horas; que por cierto, tantas horas al final va en detrimento de los pacientes. Lo normal es que se acabe por cuestionar su modus operandi porque no hay hijo de madre que física y psicológicamente aguante en perfectas condiciones las 24 horas al pie del cañón. Y luego, puede pasar lo que pasa: que una mala praxis médica te manada criar malvas. Con todo el drama y el papeleo judicial a cuenta de las demandas que conlleva este hecho. Por nuestra seguridad, hay que cuidar y proteger, y en especial valorar, más a los profesionales de la salud, que resultan indispensables y totalmente necesarios. No es de recibo dar por hecho que siendo la medicina una profesión vocacional, quienes la practican deban sacrificar su salud física y mental, como su derecho al descanso y por supuesto también correr en riesgo su propia vida. Este asunto deja bien a las claras que urge poner toda nuestra atención y empatía, por razones obvias, al personal sanitario y no en personajes y personajillos del mundo de la farándula y el deporte por que el valor intrínseco que aportan a la sociedad es nulo.
Vivir con prisa
Tengo la sensación de que por causa del ritmo frenético que nos impone la vida, parece que andamos siempre a contrarreloj. Pero eso sí, aunque solemos ir de continuo con celeridad, la mayoría de veces llegamos tarde a todos los sitios, es como si la vida no nos diera para todo, por el simple hecho de queremos abarcar muchas cosas a la vez y eso exige tener que realizarlas con prontitud para cumplir con los objetivos. Esta circunstancia conlleva a que siempre estemos agobiados por la falta de tiempo para acabar al final sintiendo una continua frustración por ese querer y no poder. No hay duda de que somos esclavos de la inmediatez: el cortoplacismo parece que se ha convertido en una enfermedad crónica de nuestros días. Queremos al instante obtener resultados inmediatos, sin considerar las consecuencias que pueden surgir a largo plazo. Con lo cual, la falta de planificación o visión de futuro, puede acarrear consecuencias nefastas. Y es aquí donde toma forma el real ese tópico de “pan para hoy y hambre para mañana”. Por que obviamente nada positivo puede traernos el vivir constantemente encadenados a la prisa. Mala compañera de vida, sin duda. Por otra parte, tendemos a vivir con mucha angustia por estar siempre pendientes de lo que vamos a hacer para ponerlo de inmediato en marcha, todo ello con la finalidad de vivir apresuradamente el momento y exprimir al máximo cada instante. Por que hay quien tiene el convencimiento de que si no se actúa de modo apresurado se está perdiendo el tiempo. A mi juicio, quien tenga esta idea, podría estar equivocado, porque el concepto de pérdida de tiempo es muy relativo porque perfectamente se puede substituir la supuesta pérdida en un hábito de aplazar tareas importantes, sustituyéndolas por actividades más placenteras o irrelevantes. Aunque, no estaría de más de vez en cuando perder el tiempo a conciencia, a fin de abandonarnos a la pereza total, que a buen seguro es una manera ideal de procesar la suficiente energía aséptica que sirva para limpiar nuestro cerebro de neuronas tóxicas, como resultan ser el estrés o la ansiedad, por desgracia tan presentes en nuestra sociedad actual. Llegando a este punto de angustia generada por el ritmo frenético que a día de hoy impone nuestra forma de vida, sería conveniente aproximarnos lo más cercano posible a la calma. Dejar de programar menos, y hacer pausas y conectar más con uno mismo y sobre todo, no dejar que siga el presente reducido a un instante. Hay que recuperar el culto a la espera, disfrutar de su placer que viene a ser equivalente a sosiego. Por que no tengo la menor duda de que, en el filo de la navaja que muestra esa inmediatez “de lo quiero para ayer”, no se puede vivir siempre. Acabaremos psicológicamente hechos unos zorros, si es que no lo estamos ya con tanto estrés crónico, que está poniendo en un serio riesgo la salud física y mental y con ello hacer verdaderos estragos en nuestra calidad de vida, haciendo que disminuya considerablemente.
Amor.
Recuerda que el amor no se valora, ni se mide, por la intensidad del momento, ni por la eternidad con que lo idealizamos, sino por la huella que deja en el corazón cuando se rompe.





