domingo, 10 de mayo de 2026

REFLEXIONES DISPERSAS (Mayo)

Médicos.

 

Qué pronto se ha olvidado  en este país la función tan  importante y sacrificada que desempeñaron   los profesionales de la salud durante la pandemia. Fueron vistos como héroes por entonces por salvarnos y cuidarnos abnegadamente, aún poniendo en riesgo su propia vida.  De ahí el agradecimiento de forma colectiva de los ciudadanos con sus aplausos desde  los balcones   cada día sobre la 8 de la tarde. Pero como indico, el olvido y el  ser “malagradecidos”  se apoderado de la mayoría de todos nosotros, por ende,  nos hemos vuelto indiferentes ante  la importantísima y vital labor  que desempeñan  los facultativos  sanitarios.  Si por entonces los aplausos fueron un signo de gratitud, ahora cualquier distintivo   se podría haber colgado en los balcones que indique  solidaridad con sus justas reivindicaciones. Pero apatía total al respecto. Por esta   razón  se encuentran  completamente solos en pleno conflicto profesional, reivindicando sus derechos laborales, sin contar para nada con el apoyo de quienes por entonces les vieron como héroes.  Convocado las correspondientes huelgas como medida de presión Cierto que este conflicto de los profesionales de la salud, está colapsando más si cabe el sistema sanitario por que cancela las citas y agrava las listas de espera. Pero  por mucho que nos traiga de cabeza esta conflictiva circunstancia,    los médicos  están en su derecho de exigir condiciones laborales dignas.  Así como  el rechazo del nuevo Estatuto Marco propuesto por  Ministerio de Sanidad que no protege a su profesión y empeora sus condiciones laborales. Y principalmente, la eliminación de las guardias de 24 horas.   Por que no creo yo que a nadie le  parezca mal que exijan no sufrir las agotadoras  jornadas laborales de 24 horas; que por cierto, tantas horas al final va en detrimento de los  pacientes. Lo normal es  que se acabe por cuestionar  su modus operandi  porque no hay hijo de madre   que  física y psicológicamente   aguante en perfectas condiciones las 24 horas al pie del cañón. Y luego, puede pasar  lo que pasa: que una mala praxis médica te manada criar malvas. Con todo el drama y el papeleo judicial a cuenta de las demandas   que conlleva este hecho. Por nuestra seguridad, hay que cuidar y proteger, y en especial valorar,  más a los profesionales de la salud, que resultan indispensables y totalmente necesarios. No es de recibo dar por hecho que siendo la medicina una profesión vocacional, quienes la practican deban sacrificar su salud física y mental, como su derecho al descanso y por supuesto también correr en riesgo su propia vida. Este asunto deja bien a las claras que  urge poner toda nuestra atención y empatía, por razones obvias, al personal sanitario    y no en personajes y personajillos del mundo de la farándula y el deporte  por que  el valor intrínseco que aportan a la sociedad es nulo.  

 





 

Vivir con prisa

 

Tengo la sensación de que  por causa del  ritmo frenético que nos impone la vida, parece que andamos siempre  a contrarreloj. Pero eso sí, aunque solemos ir de continuo con celeridad,  la mayoría de veces llegamos tarde a todos los sitios, es como si  la vida no nos diera para todo, por el simple hecho de queremos abarcar muchas cosas a la vez  y eso exige tener que realizarlas con  prontitud   para cumplir con los objetivos. Esta circunstancia conlleva a que   siempre estemos agobiados por la falta de tiempo para acabar al final sintiendo una continua  frustración por  ese querer y no poder.  No hay duda de que  somos  esclavos de la inmediatez: el cortoplacismo parece que se ha convertido en una enfermedad crónica de nuestros días.  Queremos al instante   obtener resultados inmediatos, sin considerar las consecuencias que  pueden surgir a largo plazo.  Con lo cual, la falta de planificación o visión de futuro, puede acarrear  consecuencias nefastas. Y es aquí donde toma forma el real ese tópico de “pan para hoy y hambre para mañana”. Por que obviamente nada positivo puede traernos el vivir constantemente encadenados a la prisa. Mala compañera de vida, sin duda.   Por otra parte, tendemos a vivir con mucha angustia por estar siempre pendientes de lo que vamos a hacer para  ponerlo de inmediato en marcha, todo ello con la finalidad de   vivir apresuradamente el momento y exprimir al máximo cada instante. Por que hay quien tiene el convencimiento de que si no se  actúa de modo apresurado se está perdiendo el tiempo. A mi juicio, quien tenga esta idea, podría estar equivocado, porque el concepto de pérdida de tiempo es muy relativo porque perfectamente se puede substituir la supuesta pérdida  en un hábito de aplazar tareas importantes, sustituyéndolas por actividades más placenteras o irrelevantes. Aunque, no estaría de más de vez en cuando perder el tiempo a conciencia, a fin de abandonarnos  a la pereza total, que a buen seguro es una manera ideal de procesar la suficiente  energía  aséptica que sirva para  limpiar nuestro cerebro  de neuronas tóxicas, como  resultan ser el estrés o la ansiedad, por desgracia tan presentes en nuestra sociedad actual. Llegando a este punto de angustia generada por el ritmo frenético que a día de hoy  impone nuestra  forma de vida, sería conveniente aproximarnos lo más cercano posible a la calma. Dejar de programar menos, y hacer pausas y conectar más  con uno mismo y sobre todo,  no dejar que siga el presente reducido a un instante.  Hay que recuperar el culto a la espera, disfrutar de su  placer que viene a ser   equivalente a sosiego. Por que no tengo la menor duda de que, en el filo de la navaja que muestra esa inmediatez “de lo quiero para ayer”,   no se puede vivir siempre. Acabaremos psicológicamente  hechos unos zorros, si es que no lo estamos ya con tanto estrés crónico, que está poniendo  en un serio riesgo   la salud física y mental y con ello hacer verdaderos  estragos en nuestra calidad de vida, haciendo que disminuya considerablemente.

 

Amor.

 

Recuerda que el amor no se valora, ni se mide, por la intensidad del momento, ni por la eternidad con que lo idealizamos, sino por la huella que deja en el corazón cuando se rompe.