Utopía.
Desconozco si en algún momento os habéis hecho la pregunta de para qué sirve la ilusión, o la utopía, ya que ambas están vinculadas a la necesidad y el deseo de soñar. La utopía como sabrán está relacionado con lo imposible, lo inalcanzable y en sí misma resulta pura y dura distancia a la hora de lograr metas personales. Aún así, vamos a suponer que por mucho que lo deseamos, no conseguimos el objetivo de verse el sueño cumplido, porque cuando creemos que ya está a nuestro alcance lograrlo, de la misma más se va alejando, y al final acabamos convenciéndonos de que la lejanía va a ser insalvable y nunca lo veremos cumplido, con lo cual el desiderátum será permanente; lo mismo que permanecerá sécula seculorum la interrogante que nos lleva a la conclusión de lo inservible que resulta ser el concepto utopía. Aunque bueno, puede que la conclusión sea un tanto errática porque a mi juicio el deseo o necesidad de soñar sirve para caminar, seguir hacia delante. Y mientras nuestros pasos continúen activos es señal inequívoca de que aún seguimos vivos y con ambición y esperanza de dar sentido a la vida, o marcar el rumbo hacia un destino particular y social mejor. Desde luego que en el plano social, por muy inalcanzable que nos resulte, la utopía sirve para tratar de hacer un mundo mejor, más justo, más avanzado hacia la empatía, la concordia…es una motivación constante seguir creyendo en ella, sin duda. Estoy convencido de que siempre nos aportará esa dosis necesarias de ilusión para que de conformidad al tópico de que “de sueños también se vive”. Es de recibo reconocer que soñar tiene su importancia porque resalta la ilusión y la esperanza por alcanzar metas particulares que alimenten el espíritu, de esta manera tendremos la posibilidad de hallar satisfacción vital, más allá de la mera supervivencia física. Al menos mientras tengamos reactivada la ilusión por la utopía estaremos muy alejados de su antitesis como es la distopía. Ambas son completamente opuestas, una busca la felicidad plena, en cambio la otra advierte de un futuro apocalíptico. Por ende, como una palmaria urgencia siempre habrá que estar disponibles a todo cuanto nos brinde la oportunidad de lograr un mundo más sociable, o una situación personal satisfactoria, por mucho sigamos con la incertidumbre de hacernos la pregunta de si sirve para algo el culto a la utopía.
Maldad.
Parece ser que todos tenemos un rasgo oscuro en nuestra personalidad, dicho por boca de los psicólogos y los científicos sociales. Esa oscura característica la nombran como “factor D” y está intrínsicamente vinculado a la maldad. Por lo que se ve, nadie se libra de poseer un rasgo maquiavélico en su genética, el cual, dependiendo de la intensidad con que pongamos en práctica la perversidad, indicará lo potencialmente que puede llegar a ser nuestra predisposición para hacer el mal. Por ser un profano en esta cuestión, no voy a poner en duda las explicaciones que los profesionales en este asunto nos dan acerca de que la maldad forma parte congénita en el ser humano, pero en cambio si que me a trevo a opinar el que existe en la actualidad un idóneo caldo de cultivo para que aumente el factor D, porque vivimos unas condiciones sociales bastante complejas y difíciles, como son la corrupción, la desigualdad, la violencia, la ausencia de estado de derecho, etc. las cuales influyen sobre el comportamiento de las personas haciéndolas más aversivas, que nos es otra cosa que malignas. Por desgracia hoy en día un claro ejemplo de la perversidad es el petulante presidente de los EE. UU. Donald Trup, que toda la maldad que puede haber en este mundo, él la personifica. Debido a su palmaria vileza, con toda probabilidad creo que tenga el factor D elevadísimo. Y para mayor desgracia, irá in crescendo con el paso del tiempo, porque el rasgo de psicópata que posee, es factor determinante para que su perversión aumente y a su vez se cronifique, para así continuar haciendo daño, tanto al planeta como a las personas que lo habitan. Pero de la misma calaña que el presidente yanki, a lo largo de la Historia ha habido otros malvados autócratas con relevante poder político que han hecho numerosísimo mal a la Humanidad. Volviendo al asunto que nos concierne, habrá que preguntarse que hacer para evitar que en nuestra sociedad el factor D aumente. Posiblemente tratar de no normalizar la maldad, y sobre todo, que obtenga recompensa el comportarse bien con nuestros semejantes. Desde luego que la voluntad tajante de cambiar debe ser premisa crucial, sin ella seguiremos sometidos a las imposiciones del Factor D. Y me temo que puede resultar una vida poco agradable poner en práctica con frecuencia comportamientos infames. Y por cierto, el ser maligno, no tiene que ver con la inteligencia, ni con la educación. A buen seguro, que conoceréis a más de una persona aparentemente bien educada o inteligente, pero que en sus adentros esconde una maldad absoluta.
Tener.
Cada vez estoy más convencido que los graves problemas de este mundo guardan relación con el error de no querer saber lo poco que necesitamos para vivir y lo mucho que obsesivamente queremos tener. Y al final, tanto y tanto tener, va a resultar inútil porque nos iremos de esta vida tal como venimos: absolutamente sin NADA.

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