No se cuantos de vosotros estaréis familiarizados con la palabra midorexia. Según la acepción que consta en el diccionario de la RAE es un término que hace referencia a aquellas personas que no aceptan su edad. Que no es otra cosa que un miedo, o temor obsesivo, a envejecer. Quédate con este concepto que es probable que conozcas a alguien muy identificado con él. ¿Acaso tú mismo que estás leyendo el texto? Nada positivo augura el que la sociedad actual cada día se preocupe más por la imagen exterior a fin de aparentar ser permanentemente joven y negar la ineludible realidad de envejecer. En mi opinión, vivir aparentemente el espíritu de Peter Pan desde luego no resulta nada recomendable para el bienestar personal, en especial el en plano psicológico. Es evidente que la fobia que se tiene al envejecimiento es la causa de que se originen infinidad de trastornos mentales que derivan en la nula autoestima que uno se tiene. Pero también es de recibo el reconocer que vivimos en la era de la imagen y que merced a las redes sociales, con filtro y distorsión de la realidad, continuamente estamos más expuesto que nunca a las vidas en apariencia perfectas y a rebosar de belleza, según los cánones establecidos de la hermosura física, claro está. Ante tan sobredimensionada muestra es muy fácil caer en la obsesión de querer emular patrones estéticos para formar parte del grupo. Pero cuando no se logra porque esos cánones estéticos son mayormente imposibles, la frustración y la pérdida de autoestima es alarmante, con secuelas mentales graves. Resulta palmario que en un mundo de obsesión visceral por la estética cuando lograr conseguirla es prácticamente una utopía, nunca va a terminar bien el asunto. Pero aún así, no importa tratar de conseguirla a través de todos los medios disponibles, sin tomar conciencia de que pude resultar muy dañino para la salud.
Hay quienes debido a ese pánico irracional que genera los cambios externos que inevitablemente nos produce el paso del tiempo, tratan de disimularlos a toda costa a base de dietas, potingues antienvejecimiento, ejercicios, bisturí del cirujano plástico, etc. Pero cuando no se logra los objetivos deseados, se “tira por la calle del medio” y se va de lleno a procedimientos estéticos más agresivos, y cuando no muy nocivos para la salud, como son las infiltraciones de botox o de ácido hialurónico. Como a veces resulta muy costoso los procedimientos estéticos dentro de la legalidad exigida, muchas personas acuden a clínicas clandestinas para ser infiltradas con botox falsos en terroríficas condiciones de salubridad. No es de extrañar que ante esta falta de asepsia, las pacientes que han sido infiltradas acaben por sufrir una infección muy grave, y con riesgo de morir si no es tratada a tiempo por verdaderos profesionales de la medicina. No hace mucho tiempo que fue desarticulada en España una red criminal de tráficos de sustancias relacionada con la estética. Y es que por el auge en que se halla inmerso a día de hoy la obsesión persecutoria de acceder a los cánones estéticos que la sociedad impone, abunda canallesca de este pelaje expandiendo su lucrativo negocio si ética alguna. Pero ya se sabe que cuando está la codicia de por en medio, no hay ética que valga. . Es obvio que con la detención de esta organización criminal, no se va a terminar el tráfico de todo este tipo de sustancias. Como genera pingues beneficios, seguirán habiendo otros muchos más de estos indeseables, que al no haber sido descubiertos, proseguirán traficando con sustancias ilegales para mayor gloria de las clínicas clandestinas y los empleados que en ellas trabajan. Y es que según la SEME (Sociedad Española de Medicina Estética) el 47 por ciento de la población española se ha sometido a alguna técnica medio-estética. Una industria legal que mueve al año más de 3500 millones de euros en nuestro país. Con toda esa mareante cantidad de millones de euros que genera la susodicha industria, es lógico que por la trastienda de la medicina estética rayano a la ilegalidad, surjan clínicas clandestinas cuyos trabajadores se suben al carro de la codicia y les importa una ardite el que los efectos secundarios pongan en peligro las vidas de las victimas que consumen su insalubre mercancía.
Existe también algo muy terrible y bastante resbaladizo en de todo este asunto de los procedimientos estéticos, como es que la obsesión por acceder a los patronos que impone la dictadura de la estética te crea tal adicción que nunca parecerá que sea suficiente lo conseguido. Y es que cuando se arregla una parte del cuerpo o la cara, siempre terminas por hallar otro punto al que conceptúas defectuoso y tratas de reparar, y así una y otra vez como la pescadilla que se muerde la cola dentro de un círculo vicioso. Lo más aconsejable en el caso de que la sociedad trate de imponerte sus cánones estéticos, intentar no caer en su trampa que asocia la belleza con el éxito. Haciéndote ver que las personas más atractivas tienen mayores posibilidades de éxito tanto en el plano laboral como en el amoroso. Por desgracia, en nuestra sociedad la imagen exterior es la que más vende, pero craso error cometeríamos si no le damos el valor que se merece a esa imagen que está en nuestro interior y sólo se puede percibir con los ojos del corazón.