lunes, 27 de enero de 2020
martes, 14 de enero de 2020
PROPÓSITOS DE CADA AÑO
Según un estudio realizado por el
Instituto Statistic Brain de
Investigación, parece ser que tan solo un 8 por ciento de encuestados logra
cumplir sus promesas de cambiar con éxito los hábitos de vida al comenzar el
año, y que la mayoría de los fracasos están relacionados con la falta de
realismo y la hora de fijarse metas. Por
muy cuestionables que a priori me puedan resultar los datos estadísticos, esto
no es óbice para considerar que es
bajísimo el porcentaje de personas que
logran cumplir con éxitos los objetivos propuestos.
Objetivos que no hay duda resultan ser los mismos
que habitualmente nos proponemos lograr en cuanto llega el principio de año, pero que al
final una vez inmersos en la rutina progresivamente se van olvidado y todo
acaba en agua de borrajas. Por tanto de nada sirve el que confiados nos digamos por activa y por pasiva, siempre para tratar de auto convencernos, que esta
vez lo vamos a lograr; máxime si nos prometimos seriamente que este año pondríamos todo nuestro empeño y esfuerzo por conseguir la mayoría de los objetivos que nos hemos propuesto. Por otra parte, los propósitos de cambio son los de costumbre; ya saben: acudir al gimnasio dos o tres
veces por semana, estar menos horas enganchados al teléfono móvil, adelgazar, estudiar idiomas y el objetivo estrella de cada año:
dejar de fumar. Y así un largo etcétera. A veces con toda la ilusión de mundo mundial se ponen en
marcha los comienzos de un determinado proyecto, pero se hace condición sine qua non
que para mantenerle activo hay que ser constante y no flaquear en el empeño. Se requiere para ello mucha voluntad y
sobre todo contar con el apoyo emocional de las personas que te rodean y no rendirse a las primeras de cambio.
Estos son dos puntos que de deben tener muy en cuenta. De no resultar así, tarde o
temprano se acabara siendo víctima de la pereza y sus consecuencias serán inevitablemente el abandono.
También ocurre con bastante frecuencia que por falta de apoyo emocional y por falta de fijarse metas, no aparece ni el menor indicio de iniciar el cambio. Tan
negativa circunstancia hace el
que se vaya posponiendo una y otra
vez, y por ende lo normal es que acaben en el fondo del olvido otro año más la lista de los propósitos de turno. Los cuales como de costumbre han estado revoloteando en
nuestro cerebro y nos han ido reclamando con insistencia activarlos, pero
lamentablemente los hemos ido dejando de lado por desidia. Y como viene siendo habitual, otra vez la mayoría de personas, yo me incluyo, volveremos a articular estos mismos deseos para el año
siguiente, y así una y otra vez. Es como
la pescadilla que se muerde la cola, que año tras año vamos girando sobre nuestros
propósitos de cambio pero que aparentemente ni tienen fin ni solución.
A mi juicio, los buenos
propósitos no dejan de ser únicamente
deseo y sueños, de ahí lo difícil, rayano con lo utópico, que pueden resultar
verlos hacerse realidad. Por esta razón cuando nos planteemos lograr
metas al respecto lo mejor es fijarse unos objetivos viables. Que seamos
conscientes de que pueden verse realizados por que no representan extrema dificultad. Pero eso sí, aunque carezcan de máxima dificultad, siempre debemos tener en cuenta que la
perseverancia y la aptitud positiva es
fundamental, porque por arte del birlibirloque nunca vamos a lograr absolutamente nada.
Aunque también es de recibo el reconocer que en muchas ocasiones ni la persistencia
ni la actitud son suficientes para alcanzar los ansiados propósitos. Esto es debido a nuestro exceso de ambiciones y que con toda seguridad terminarán siendo
inabarcables y a su vez quiméricas. Al final esta infeliz circunstancia de no
conseguir las metas deseadas, es muy probable que cuando finalice el año en el supuesto de que se haga balance personal y comprobar que el cumplimiento de los propósitos logrados sale en negativo, con toda probabilidad nos invada un
sentimiento de frustración por habernos
encontrado con el escollo de nuestras limitaciones en forma de indecisión y
falta de voluntad. Por lo tanto, para no acabar siendo víctima de tan
decepcionante sentimiento, lo idóneo es que a la hora de marcarnos objetivos
personales, lo hagamos partiendo de la premisa de alcanzar metas moderadas y
sencillas. Evitemos en lo posible hacernos grandes planes con el fin de que no surjan contratiempos o problemas
que nos impidan cumplirlos. Pero me temo que lo habitual es el proponernos, o comprometernos que esto es más
preocupante, ha conseguir objetivos personales a lo
grande, aún sabiendo que nuestras
limitaciones son palmarias por carecer de perseverancia y de voluntad de sacrificio. Queramos o no, somos animales de costumbre, guiados por la misma
rutina y pecamos de idénticos errores. De ahí que comencemos haciéndonos serios
propósitos de iniciar una nueva y saludable vida, la cual imaginamos preñada de nuevos y
sugerentes proyectos y de óptimas expectativas y a su vez de nuevas metas, pero también no exenta de sus
ineluctables inconvenientes. Un factor determinante, yo diría que esencial
en estos casos de lograr la metas planificadas, es la motivación intrínseca que siempre guarda relación con los
deseos de desarrollo personal y autorrealización. De poder encontrar esa
motivación, no tengo la menor duda de que nuestros propósitos de logro
resistirán mejor el paso del tiempo. Pero eso sí, una vez hallados los estímulos necesarios,
como ya he comentado anteriormente, lo importante es no rendirse a las primeras de cambio. Está claro que las caídas y desganas forman
parte de este proceso. Indispensable también tenerlas en cuenta. Pero resulta axiomático el que, si una
vez que has superado el angustioso comienzo y sus respectivas caídas, te sientes aún con
la suficiente fuerza y voluntad para seguir con el proceso de alcanzar las metas que te has propuesto, en su momento conseguirlas será una realidad. Y sino al tiempo.
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